La gente pone en duda mi falta de temor y supone que hay algo místico en mi manera de ver vida y muerte. Pero no hay nada por el estilo. Me gusta mi jardín, me gusta leer un libro, me gusta acariciar a un niño. Al morir pierdo todo esto y, por lo tanto, no quiero morir, temo a la muerte.
Si mi vida consistiera de satisfacer una multitud de deseos temporales, tendría motivo para temer lo que les pone fin. Pero cuanto más renuncio a ellos y permito que mi corazón haga lugar para uno solo –el deseo de hacer la voluntad de Dios y entregarme a Él – tanto más me libero de ese temor, y poco a poco la muerte deja de existir para mí. Y si todos mis deseos fuesen totalmente transformados, sólo quedaría la vida y no habría más muerte.
El sendero de la vida requiere que reemplacemos lo terrenal y lo temporal con lo eterno, y es éste el camino que hay que seguir. Pero a cada uno le toca reconocer en qué estado se encuentra su alma.
León Tolstói
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«Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo».
«Es más fácil escribir diez volúmenes de principios filosóficos que poner en práctica uno solo de sus principios«.
«Los dos guerreros más poderosos con los que se puede contar son la paciencia y el tiempo».- Guerra y Paz.
«Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo».
«No hay más que un modo de ser felices: vivir para los demás«.- Anna Karerina.
«No hay grandeza donde falta la sencillez, la bondad y la verdad«.
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«El hombre con una concepción divina reconoce la vida no en su individualidad ni en el conjunto de individuos (familia, clan, nación, patria o Estado), sino en la eterna e inmortal fuente de la vida: en Dios; para cumplir la voluntad de Dios sacrifica su dicha personal, familiar y social. El motor de su vida es el amor, y su religión consiste en adorar mediante hechos y verdades el principio de todas las cosas: Dios».
«Una vida auténtica y sensata es posible para el hombre solo en la medida en que éste pueda ser partícipe no de la familia o del Estado, sino de la fuente de la vida: del Padre; en la medida en que el hombre pueda fundir su vida con la del Padre. Ésta es, indudablemente, la concepción cristiana de la vida, visible en todas las máximas del Evangelio».
– León Tolstói, El reino de Dios está en vosotros, Kairós, 2009.
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La hipocresía en nuestro tiempo, sostenida por la pseudorreligión y por la pseudociencia, ha llegado hasta tal límite que, si no viviéramos inmersos en ella, uno no podría creer que la gente haya llegado a este nivel de autoengaño. La gente de nuestro tiempo ha llegado a una situación tan asombrosa y su corazón se ha endurecido tanto que mira y no ve, escucha y no oye ni comprende […]. No digo que si eres un terrateniente entregues inmediatamente tus tierras a los pobres; si eres un capitalista entregues tu dinero y tu fábrica a los obreros; si eres zar, ministro, funcionario, juez o general renuncies en el acto a tu posición privilegiada; si eres soldado (es decir, si ocupas la posición sobre la que se sustenta toda la violencia) renuncies en el acto a tu posición insubordinándote, a sabiendas de todos los peligros que correrías haciéndolo. Si lo hicieras, obrarías del mejor modo posible, pero puede ocurrir –de hecho es lo más probable– que no te veas con fuerzas suficientes para hacerlo: tienes relaciones, una familia, subordinados, jefes, y estás tan sometido a la influencia de la tentación que no te ves capaz de ello. Pero lo que sí puedes hacer siempre es reconocer la Verdad y no mentir. Puedes dejar de afirmar que continúas siendo terrateniente, fabricante, comerciante, artista o escritor solo porque esto es útil para la sociedad; o que ejerces de gobernador, fiscal o zar no porque te agrade y porque te hayas acostumbrado a ello, sino por el bien de la gente; que sigues siendo soldado no porque temas ser castigado, sino porque consideras que el ejército es necesario para proteger la vida de la gente. Puedes dejar de mentirte a ti mismo y a los demás, y no solo puedes sino que debes dejar de hacerlo porque la única dicha de tu vida reside únicamente en esto: en liberarte de la mentira y en profesar la Verdad. Y basta con que hagas esto para que tu situación se transforme inevitablemente por sí sola (El reino…, p. 124).
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