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En busca de paz. Apuntes y conversaciones en el camino. Johann Christoph Arnold. Traducción de Juan Segarra Palmer


[...] Pero luego vino la rebelión de mis años estudiantiles–mi fase “hippy”, de la cual me sentí orgullosa–y de mi ira contra el statu quo y todo lo que a mi modo de ver obraba en contra de la paz y del amor. Me imaginaba que militaba por la paz, para acabar la Guerra de Vietnam–marchando, cantando, apoyando a los que se oponían a la guerra, y así por el estilo. 
Pensaba que podía mejorar la condición de los trabajadores agrícolas extranjeros mediante el boicot de uvas y el embrollo que eso causaba a los supermercados locales que las vendían. Traté de compartir todo lo que poseía, practiqué yoga, puse mi dinero en un fondo común con otros y aprendí a sentirme feliz en una comuna.

En realidad, nada de eso me trajo la paz. Hoy pienso que la razón por la que no encontré sosiego fue que lo esencial, o sea mi orientación básica, estaba equivocada. No es que aquellas causas no fueran, ni sigan siendo, causas buenas. Pero yo era mi propio dios; yo era la norma por la cual juzgaba mi vida y la de los demás. De una manera espantosa, pecaminosa y voluntariosa, era mi propio jefe, y confiaba en mi propia fuerza para todo lo que emprendía. Eso no funciona.

Con el pasar del tiempo descubrí un espíritu de paz totalmente distinto: la paz inherente a una fe que da por sentado el hecho de que somos débiles, que hace cara a nuestras debilidades y nos vuelve hacia Jesús, hacia el futuro reino de la paz de Dios. Con ello sentí como un enjuiciamiento; advertí lo egoísta que era y que en realidad carecía mucho de paz. Pero, al entregarle mi vida a Dios–no sólo a su amor sino también a su juicio – y dar de mí en servicio a los demás, he encontrado nuevas fuerzas y milagros de paz a diario.

Testimonio Kathy Trapnell

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