Entonces llegan los puristas, los teólogos de estricta observancia, aquellos que se han apropiado de la alta misión de defender el honor de Dios, y nos imponen de él una noción aritmética, aséptica, un vino tan filtrado que sólo es agua, un Dios tan exangüe que sólo es una réplica de Dios en yeso. Un Dios que tiene boca y no habla, tiene oídos y no oye. ¿Cómo van a recurrir los hombres a él?, ¿cómo podrían los pobres confiar en él, quejarse, suplicarle, llamarle en su ayuda? Se impone urgentemente una vuelta al Dios de la Escritura, una enérgica purificación de esa idea de Dios presuntamente tan pura, pero que en realidad viene lastrada por los viejos prejuicios de una filosofía helénica, pagana, que ya desde los comienzos influyó en nuestra teología mucho más de lo deseable. Hace falta convertirnos –más y más, incesantemente– del Dios de los filósofos al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, al Dios de nuestro Señor Jesucristo. Un Dios que tiene boca y habla, tiene ojos y ve; cuida d...