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El Dios vivo. JOSÉ MARÍA CABODEVILLA

Entonces llegan los puristas, los teólogos de estricta observancia, aquellos que se han apropiado de la alta misión de defender el honor de Dios, y nos imponen de él una noción aritmética, aséptica, un vino tan filtrado que sólo es agua, un Dios tan exangüe que sólo es una réplica de Dios en yeso. Un Dios que tiene boca y no habla, tiene oídos y no oye. ¿Cómo van a recurrir los hombres a él?, ¿cómo podrían los pobres confiar en él, quejarse, suplicarle, llamarle en su ayuda? Se impone urgentemente una vuelta al Dios de la Escritura, una enérgica purificación de esa idea de Dios presuntamente tan pura, pero que en realidad viene lastrada por los viejos prejuicios de una filosofía helénica, pagana, que ya desde los comienzos influyó en nuestra teología mucho más de lo deseable. Hace falta convertirnos –más y más, incesantemente– del Dios de los filósofos al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, al Dios de nuestro Señor Jesucristo. Un Dios que tiene boca y habla, tiene ojos y ve; cuida de los lirios del campo; conoce el número de cabellos de mi cabeza; está a mi puerta y llama, pasa la noche entera esperando, cubierto de rocío; persigue a la amada infiel por entre los bosques y los riscos; se sienta conmigo a la mesa. Sucede que esta manera de hablar, esta idea de Dios, no sólo es más elocuente que ninguna otra, sino también más verdadera. Porque revela sobre Dios una verdad muy profunda que ningún otro lenguaje podría expresar ni ninguna otra vía de conocimiento podría captar: la verdad del Dios vivo.
José María Cabodevilla


La oración del huerto. El Greco

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