El Espíritu de Yahvé, que reposó sobre el Mesías, era, según la profecía de Isaías, «... un Espíritu de consejo y de fortaleza» (Is 11, 2). El don de fortaleza se manifiesta de dos formas. Una más ostensible: es la valentía, la intrepidez en el ataque. La otra, más significativa: es la paciencia, la constancia en la adversidad.
En su explicación del Sermón de la Montaña, San Agustín relaciona con el don de fuerza la cuarta bienaventuranza, la de los que tienen hambre y sed de justicia. El Espíritu de fortaleza llevará al Salvador a afrontar valerosamente la cruz para saciar su vehemente hambre y sed de la gloria de Dios y de la salvación de las almas. Al entrar en el mundo dijo en su interior: «No has querido sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo. Los holocaustos y sacrificios por el pecado, no los aceptaste. Entonces yo dije: Heme aquí que vengo, para hacer, oh Dios, tu voluntad»(Heb 10, 5-7). El Jueves Santo se adivina una especial vehemencia en su deseo de morir: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer» (Lc 22, 15). Un poco más tarde, en Getsemaní, cuando esta invadido por el pavor y el tedio, solo un acto purísimo de la fortaleza que mantiene le hara decir al Padre: «No lo que yo quiero; sino lo que quieras tú» (Mc 14, 36). Y después, a los discípulos: «Levantaos; vamos. Ya se acerca el que me ha de entregar» (Mc 14, 42).
«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.» Es la bienaventuranza del don de fortaleza. Y he aquí la recompensa: «serán saciados» (Mt. 5, 6). En la tierra, les saciarán su hambre y su sed cosas eternas. No tendrán hambre ni sed de cosas temporales. Como Jesús, tienen hambre y sed de la Parusía. Se esfuerzan por adelantar con su deseo el advenimiento del gran día de Dios, en que los cielos inflamados se disolveran; porque esperan, «según su promesa, unos cielos nuevos y una tierra nueva, donde habitará la justicia» (2 Pet 3, 12-13). Cuando el último enemigo, que es la muerte, sea vencido, cuando todas las cosas sean devueltas a Dios Padre, cuando
toda la justicia de la que Cristo ha tenido sed llegue a su plenitud, entonces también ellos, con Cristo, serán saciados.
Oh Jesús, ¿cómo podéis tener sed de esta alma mía maloliente? ¿Cómo podéis tener sed de estos pobres y demasiado breves momentos de oración que trato de ofreceros cada día?
Charles Journet,
"Las Siete Palabras de Cristo en la Cruz".
toda la justicia de la que Cristo ha tenido sed llegue a su plenitud, entonces también ellos, con Cristo, serán saciados.
Oh Jesús, ¿cómo podéis tener sed de esta alma mía maloliente? ¿Cómo podéis tener sed de estos pobres y demasiado breves momentos de oración que trato de ofreceros cada día?
Charles Journet,
"Las Siete Palabras de Cristo en la Cruz".
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