¡Jesús, que mis tristezas no sean un veneno! Que me visiten en la medida en que sea necesario; yo acepto desde ahora, con voluntad amorosa, que vengan a desolar mi alma, que la llenen hasta el borde; pero haced que la amargura y la angustia que me invadan no sean nunca de rebeldía ni desesperación. Traed, Señor, hasta mí en esos momentos la grandeza de vuestra agonía. Haced que, repitiendo con mi corazón las palabras que Vos pronunciásteis en el ápice de vuestro dolor por los hombres, sienta que mi angustia se disuelve en la vuestra como una lágrima en el océano. Haced que mi dolor deje de ser egoísta para comenzar a ser corredentor. Os suplico, Señor, me concedáis antes de mi muerte, siquiera sea en corta medida, el privilegio de presentir en algún instante el misterio de vuestra noche redentora y de vuestro abandono.
Cardenal Charles Journet,

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