La Cruz de Cristo, una vez que ha sido levantada sobre la historia, es ya la única salvación del mundo. No sólo de las personas individuales, que son inmortales, sino también de las civilizaciones, que son perecederas. Apareció, en Occidente, en un mundo de decadencia y abocado a la ruína. En comparación con la luz que ella ofrecía, las renuncias que exigía no parecieron demasiado pesadas: cuando la tierra no tiene más que dar, el cielo, revelando sus esplendores, llega a ser infinitamente deseable. ¿Que ocurrió luego? A medida que los pueblos se iban agrupando en torno a la Cruz y fijaban su esperanza en el Reino que no es de este mundo, he aquí que, como por milagro, el mundo se iluminaba, la vida se volvía más humana y se organizaba una cultura cristiana, una civilizacion cristiana. Reapareció así la dulzura de vivir. Pero con ella vino pronto el olvido del cielo. Las exigencias de la Cruz volvieron a pesar hasta resultar intolerables. El hombre trató de conquistar la t...