Lo que nunca llega...
La tranquilidad, la confianza, la certeza de una mirada. Un corazón puro, humilde, fuerte, que te quiere por el hecho, tan sencillo, de ser uno mismo.
Un abrazo sincero, tierno, curativo: «No te preocupes, estás a salvo; olvídate de los problemas, no sufrirás más. Nadie va a jugar con tu corazón. Se acabó la aflicción, quiero cuidarte, amarte, mi carne es la tuya, mis ojos, mi alma, somos uno...».
El fin del comercio, del cálculo; dejar de venderse por una triste caña.
La llegada del sosiego, la fidelidad, el amor verdadero...
Año 2014, en este infierno tecnológico, tan cruel como los anteriores, en el que las personas tienen un alma de pegatina, de publicidad gratuita. En esta desesperación en que la libertad es hacer lo que uno quiera sin mayor moral, ni escrúpulos... Todos son inocentes, continuamente hay una justificación, una excusa, y demasiados muertos en el armario. El arrebol colorea mi rostro por la vergüenza ajena.
Este caos de psicópatas del que vosotros formáis parte —lo sabéis bien.
En esta celda, húmeda, oscura, hay cosas que nunca llegan (en vuestro caso ni en este mundo y menos en el otro; ya sé que no creéis, es mucho más cómodo), pero recordad:
MI ALMA CONTINÚA SIENDO MÍA.
La tranquilidad, la confianza, la certeza de una mirada. Un corazón puro, humilde, fuerte, que te quiere por el hecho, tan sencillo, de ser uno mismo.
Un abrazo sincero, tierno, curativo: «No te preocupes, estás a salvo; olvídate de los problemas, no sufrirás más. Nadie va a jugar con tu corazón. Se acabó la aflicción, quiero cuidarte, amarte, mi carne es la tuya, mis ojos, mi alma, somos uno...».
El fin del comercio, del cálculo; dejar de venderse por una triste caña.
La llegada del sosiego, la fidelidad, el amor verdadero...
Año 2014, en este infierno tecnológico, tan cruel como los anteriores, en el que las personas tienen un alma de pegatina, de publicidad gratuita. En esta desesperación en que la libertad es hacer lo que uno quiera sin mayor moral, ni escrúpulos... Todos son inocentes, continuamente hay una justificación, una excusa, y demasiados muertos en el armario. El arrebol colorea mi rostro por la vergüenza ajena.
Este caos de psicópatas del que vosotros formáis parte —lo sabéis bien.
En esta celda, húmeda, oscura, hay cosas que nunca llegan (en vuestro caso ni en este mundo y menos en el otro; ya sé que no creéis, es mucho más cómodo), pero recordad:
MI ALMA CONTINÚA SIENDO MÍA.
*sm*
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