«Tu vida es una mierda». Nadie debería escuchar esta frase y, sin embargo, cuántas veces he oído este desprecio proveniente de diablos más o menos conscientes de su condición, más pesados o más livianos, pero a fin de cuentas diablos. Censuran o repudian lo que en realidad llama su atención. Eso es lo que hace grotesca a la maldad: su inutilidad gratuita, helada y estéril. La vida es paradójica y obstinada: la bondad recibe la burla y la diferencia constantemente quiere ser pisoteada. A paso cambiado con personas cuyo único pecado es vivir como ellas creen que deben hacerlo, que no se visten esa camisa, estrecha y opresiva, que confeccionan con prejuicios y estereotipos los demás para ellas... Personas que nunca pasan desapercibidas. Proporcionan destellos, colores y calor a un mundo la mayor parte de las veces gris y gélido. Desde aquí, con las únicas armas que me ha entregado la providencia, el papel y la pluma, quiero decirles una cosa a los diablos, mejor dicho, a esos pobre...
¡Estoy vivo! ¡Muy vivo!