Más temprano que tarde, los románticos terminamos por marcharnos. Me iré siendo fuerte, bello y joven; luchando hasta el último segundo. Yo fui el que escribió un millón de poemas; el que deseó sin límites ni fronteras; amé tanto... que mi cuerpo se convirtió en pasión y sentimiento: estaba ciego y mi alma abrasaba. Sufrí tanto... que surqué mares, océanos; escalé montañas; atravesé continentes para poder beber de las aguas del río Leteo y descansar de una vez por todas en el obscuro olvido. Desconocía que para ello debía morir. Canté, reí, lloré, grité... Solo, en el desierto, paralizado, carecía de cuerpo, yo mismo era una nebulosa. Desquiciado, loco, al borde del abismo, alimentándome de desesperación y vértigo, esperaba un gesto, una mirada, una insignificante palabra. ¡Nada, nada, nada! El más atroz de los silencios me rodeaba. En vano aguardé a que el aleteo de una mariposa rompiera mi tormento. Cuando el calvario eran pestilentes ra...
¡Estoy vivo! ¡Muy vivo!