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LA CAVERNA. salvador mira

La última moda, hoy en día, no está en la ropa o en el calzado. La última moda pasa por desprendernos de nuestro pensamiento. No consumimos, somos consumidos. Lo importante es ser otro, un yo adulterado. 
Hoy vemos cómo millones de personas se afanan en saltar de un aturdimiento a otro sin descanso. Existen muchos y muy variados, desde los cientos de modalidades y disciplinas de gimnasio a visitar distintas capitales del mundo en un fin de semana, pasando por restaurantes, gastronomía y regímenes y métodos de adelgazamiento de todo tipo. Ideas, filosofías y estilos de vida ajenos, cuanto más exóticos mejor. Somos objetos a disposición del mercado. Objetos que consumen a otros objetos.
Arrecian los huracanes del comportamiento, y cuando te resguardas para no ser engullido por el remolino, te hacen sentir como si fueses un espécimen del paupérrimo pasado evolutivo del hombre, un cromañón cuando menos. Hay que integrarse en algo, el abanico de posibilidades es casi infinito: equipos de fútbol, partidos políticos, creaciones televisivas, series, programas... Hay que ser de y estar en algo.
Lo significativo es que cada una de estas opciones en sí, como frivolidad, no representa ningún peligro, el problema surge cuando pretendemos que sean la piedra angular de nuestras vidas, o elementos que nos identifiquen como personas. El infierno está empedrado de buenas intenciones; si las trivialidades, los pequeños detalles, sumados, forman un producto, ¿quién puede asegurar no ser ese producto?
Hoy, al igual que ayer, vemos sombras proyectadas en las paredes y les llamamos realidades...
Es gracioso que en estos tiempos al mantener una conversación con alguien sin caer en la superficialidad puede surgir la expresión «¡Ah, eso es muy filosófico, muy profundo!», y quiero subrayar que el interlocutor lo dice sin mala intención.
Somos parecidos a esas viejas puertas que rozan el término de basura, les das un golpe y saltan nueve capas de pintura.
 También así es la vida, cuando uno de los componentes esenciales nos traspasa (el amor, la muerte, la amistad, la enfermedad...), descubrimos que somos una farsita.
En esos decisivos momentos vitales aparece la impronta de nuestra alma y casi indignados sabemos amargamente que éramos unos extraños para nosotros mismos.


*sm*

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